CERTAMEN DE RELATOS CONTRA LA VIOLENCIA HACIA LAS MUJERES

Primer premio

Relato: “No soy yo”. Autora: Natalia Motta Guinsburg

Llegué a pensar que estaba loca, que era una inútil, que estaba sola.
Llegué a pensar que me lo merecía, que era mi culpa, y que de verdad, lo hacías porque me querías.
Cambié a mis amigas por los sábados en tu casa mirándonos las caras, y mi contraseña del móvil empezó a ser tuya también. Si no tenía nada que esconder no me debía importar, decías.
Dejé de pintarme, porque tú decías que ya estaba contigo y no tenía que gustarle a nadie más; dejé de salir por la noche, porque tú decías que solo salían las que buscaban tíos; y dejé de escribir, con lo que me gustaba, porque tú te reías de lo que escribía y decías que estaba perdiendo el tiempo en tonterías.
Me regalaste un anillo, sí, con 16 años me regalaste un anillo. Te dije mil veces que los anillos no me gustan, pero lo hiciste para marcar territorio, para que todos vieran que era tuya, como te gustaba decir.
Mientras yo te decía que lo pases bien con tus amigos cuando salías, tú me decías cuidadito, pórtate bien, y me pedías que te envíe ubicación para saber por dónde andaba. Si no te mandaba un mensaje cada media hora, me llamabas, y si no contestaba, te enfadabas, no me hablabas y me escribías diciendo que yo solo pensaba en mí, que seguro que había estado con alguno, que lo sabías, seguro que lo sabías, porque me había pintado demasiado, porque me había vestido demasiado provocativa y porque en las redes sociales de mis amigas aparecía en todas las fotos sonriendo.
Y de repente me dejabas, y me mandabas un mensaje diciéndome que no sabías de lo que eras capaz, que te había hecho mucho daño y que si te pasaba algo esa noche sería mi culpa. Y eso pensaba yo, que era mi culpa, que me merecía que me dejaras, y que realmente eso era amor y todo lo que me decías era porque me querías.
Uno o dos días después aparecías en mi casa, de repente y sin avisar, sentado en el sofá. Me habías traído el dulce que más me gustaba y mi madre no podía no dejarte pasar. En ese momento, una mezcla de sensaciones me invadían, por un lado quería abrazarte y volver a estar juntos, por otro lado sentía que sola era más libre y al verte me daban ganas de llorar, porque me hacías sentir encerrada. Ya te dije, llegué a pensar que estaba loca.
Y así una y otra vez siempre pasaba lo mismo, y tú, cada vez más cerca de mí, con más control sobre mi vida, y yo cada vez más lejos de las cosas que me hacían bien.

Hasta que un día, y no por arte de magia, sino acompañada por quienes me quieren, reconocí que la chica de la que hablé en estas líneas no era yo, que yo amaba salir y divertirme con mis amigas, que no perdería una noche bailando con ellas por nada del mundo, que sonreír en las fotos no me hacía quererte menos, que darte mi contraseña no era una muestra de confianza, que dejar de hacer lo que me gusta por ti no era una prueba de amor, y que yo, solamente yo decido sobre mi vida, sobre mi cuerpo y sobre quien quiero que esté cerca de mí.
Y no, este texto aunque hable de ti no es para ti, sino para mí, para recordarme siempre que no soy yo la culpable, ni la loca, ni la que se merece tus desprecios, que no tengo la culpa de que tu rabia te haga explotar y que no soy tuya.
Lo único que tengo claro es que no soy yo si no me quiero, no soy yo sino me cuido y no soy yo si no soy libre.

 

Segundo premio

Relato: “Federico”. Autora: María Pilar Romero Berutich

A mí padre le gusta correr con el coche. Cuando voy con él me siento como si yo fuese el hombre
bala de un cañón de circo. Sé que en cualquier momento saldré disparado y como no llevo casco, me
quedaré espachurrado contra un muro. Estar con él siempre es así, sentir que todo puede pasar,
sentir que el suelo y el cielo se pueden caer en un segundo y que mis pies y mis manos no se pueden
agarrar a nada ni a nadie.
En casa con mamá, todo es diferente. Mamá y yo con nuestras cosas, nuestras rutinas y nuestro mundo
hace que todo tenga sentido. Me imagino nuestra casa con unos muros muy altos, como si fuese un
castillo en el que ya mi padre nunca podrá entrar.
Mis padres están divorciados desde hace un año y a mí el juez me obliga a estar con él un finde al
mes.
Me llamo Juan, como mi padre y como mi abuelo. Tengo 8 años y estoy en 2°. Aunque me llame Juan en
el DNI, adoro escuchar a mi madre contar que estuve a punto de llamarme Federico, como Federico
García Lorca, el poeta, pero como siempre, ganó papá (él siempre gana) y tuve que ser un Federico
disfrazado de Juan.
Pero ahora, desde el asiento de atrás del coche de mi padre y volviendo a casa con mamá, fantaseo
con que éste será el último viaje que hagamos juntos. Fantaseo con que será la última vez que lo
vea y fantaseo que, como por arte de magia, una nave espacial lo abducirà y no lo volveremos a ver
jamás.
No sé si es raro que un niño no quiera estar con su padre. No sé si es lo “normal”. Lo que sí sé es
que mi padre no se comporta de una manera normal.
Cuando vivía con nosotros casi nunca estaba en casa y cuando sentíamos su llave en la cerradura,
instantáneamente me entraba dolor de barriga nivel 10. Nunca sabíamos cómo comportarnos, nos
quedábamos paralizados y el tiempo se detenía.
Yo no sé cómo aprendí a leer en sus ojos. Sólo con verlo sabía si había tenido un mal día en el
trabajo o si estaba fastidiado por el tráfico. Con el escaneo que le hacía, mi madre podría estar
avisada si habría o no tormenta.
Mi madre se llama Inés. Es altísima, muy lista y una arquitecta súper buena que trabaja un montón.
Me encanta estar con ella. Nos reímos de tonterías y comemos helado a deshoras. Pero lo mejor de
todo es que desde que mi padre no vive en casa, la veo más contenta, ya no la escucho llorar y no
tenemos miedo.
Mamá y yo, antes del divorcio, nos movíamos por la casa silenciosos como fantasmas. Yo respiraba
bajito, bajito y me volvía invisible. Ella se quedaba en su despacho, trabajando en algún proyecto,
con la puerta cerrada y el teléfono en silencio.
Siempre pienso que estábamos congelados por algún maleficio de Lord Voldemort.

El año pasado antes del divorcio pasó una cosa buena y una cosa mala. Pasó, que un día volviendo
del cole con mamá, tropecé y me rompí los pantalones del porrazo. Cuando llegué a casa con las
rodillas raspadas y llorando del dolor, papá estaba allí sentado en el sofá. Nos miró con los ojos
de bomba de relojería a punto de estallar, que como en los cómics hacía tic, tac,
tic… y boom….. empezó a gritarnos a los dos. Que qué hacía yo llorando como un bebé, que si
parecía “maricón” y mil cosas más que no recuerdo y que eran insultos y palabrotas muy feas.

Entonces papá cogió a mamá de los pelos y la lanzó al suelo dándole patadas y gritando como un
loco.
Mamá desde el suelo intentaba calmarlo. Con cada patada que recibía, ella emitía un quejido
pequeñísimo y luego, con tono muy sincero mil por favor y mil cálmate. Pero él no la oía, él
estaba muy concentrado pateándola …. De vez en cuando se giraba hacia mí y me gritaba que
yo era el responsable de todo y que la culpa era toda mía.

No sé que me pasó ese día. No lo comprendo y a veces me pongo a pensar qué fue lo que me hizo
contestarle. Nunca antes había tenido el valor de contradecirle. Le grité que no, que la culpa no
era mía, que la culpa era suya, que los padres no pegan, que los padres desinfectan las heridas y
dan abrazos, que él era malísimo por pegarnos y que ojalá se fuese de nuestra vida. Le grité
fortísimo con la garganta y las tripas al mismo tiempo.
Lleno de ira, se giró y se abalanzó sobre mí lanzándome contra el muro del salón. Podría decirse
que por unos segundos pude volar, solo que cuando caí al suelo, sentí un gran crack en mi brazo.
Así fue como mi padre me rompió el brazo por tres partes.

Yendo al hospital mi padre nos amenazó que si decíamos la verdad nos mataría y nos obligó a contar
la versión de que yo me había caído de la bici.
De todo esto, la parte buena fue que mi madre finalmente pidió ayuda. Habló con su hermana, la tía
Pitu y con una abogada amiga pusieron una denuncia en la policía.
Ahora papá vive en la casa donde creció con la abuela Margarita, una casa triste y vacía a la que
aborrezco ir. La abuela Margarita odia a mamá. La llama mosquita muerta y mala mujer.
La critica delante de mí y mira a su hijo con cara de pena; si ella supiese la verdad creo que aún
así seguiría defendiéndolo.
Desde el asiento de atrás del coche de mi padre, todo pasa muy deprisa incluidos mis pensamientos.
Me pregunto mil cosas pero sobretodo no entiendo cómo funciona la justicia. Si un padre pega y dice
cosas malvadas no comprendo cómo un juez acepta que ese niño vaya con ese padre maltratador, no lo
comprendo.
No entiendo a los adultos y me gustaría mucho poder quedarme tranquilo en casa sin tener que pasar
tiempo con él.

Con Ilenia, la psicóloga, hablamos de porqué el juez me obliga a ver a papá. Ella me dice que hay
cosas en la vida que no podemos controlar, que esas cosas se escapan de nuestro campo de acción y
que lo único que podemos hacer es mantenernos fuertes y e intentar trabajar aceptando las
dificultades. Lo que realmente me quiere decir es que existen las injusticias, que el juez está
ciego y como siempre, aunque mamá y yo seamos las víctimas, papá gana de nuevo.
Y yo estoy harto de que él siempre gane, estoy harto de su doble cara; va disfrazado con su careta
de padre estupendo que sufre por las maquinaciones y las mentiras de su exmujer. Se muestra como un
santo y lo peor de todo es que todos le creen.
No sé cuando podré dejar de verlo, todos hablan de los derechos de mi padre para poder estar
conmigo, pero nadie se preocupa de lo que yo quiero. Creo que los niños somos mudos y nuestras
voces nunca se oyen. No tenemos derechos, no somos nada.
Por fin estamos llegando a mi barrio, ver lugares conocidos y queridos hace que me sienta más
seguro. Sé que en dos minutos estaré fuera del coche, pero sé, que luego en automático comenzará de
nuevo la cuenta atrás hacia otro fin de semana con él.
En la puerta de casa está la tía Pitu, ella es la que me acoge cuando vuelvo a casa. La abogada ha
dicho que es mejor que mamá no vea a mi padre. La tía Pitu es como un cable que conecta mis dos
mundos, ella me rescata del foso de los cocodrilos y me lleva a la calma de mi casa. Salgo del
coche sonriendo y recojo mi mochila. Mi padre me exige y me roba un beso.
Odio su olor, odio su cara, odio su voz y me preparo para irme sin mirar atrás, los Federicos somos
valientes y no miramos atrás.
Yo sé que tengo otro mes sin miedo y quién sabe si mientras pasa, los extraterrestres se lo pueden
llevar a un planeta muy lejano.

 

Tercer Premio

Relato: “Libre de ojos libres”. Autora: María Nebro Gamarro

Nació libre y con ojos azules, pero el tiempo y los tiempos de su época, mermaron la
posibilidad de mostrarse como la mujer que era, una mujer llena de ingenio y amor, capaz
de pintar los lienzos más negros y oscuros en arcoíris, capaz de negar lo amargo y cruel, por
la posibilidad remota e improbable de ser amada por él.
Ella, la mujer que nació libre con ojos azules, ama de casa invisible, era capaz de inventar y
reinventar todas las excusas del mundo para no acusarle de su falta de respeto, de sus
palabras violentas y malolientes hacia ella, engendradas desde la superioridad y el poder de
quien no conoce la igualdad y el respeto entre seres humanos ni la posibilidad real y no
ficticia, de mirarnos y tratarnos como iguales, un vacío que para muchos, aún no están
dispuestos a llenar, pero que inevitablemente llegará.
Ella, la mujer libre y con ojos azules, soñó una vez con ella, y se encontró, con sus ojos
azules de cielo en el espejo de un mar, y en un instante, aparecieron todas las mujeres de su
clan, desde los tiempos remotos que nadie hoy recuerda; y le hablaron con la sabiduría de
quien sostiene la vida inocentemente, humildemente, pacientemente, como un altavoz en sus
oídos y un abrazo en su corazón. Como la bendición que su madre le otorgaba justo antes de
dormirse.
Vio a su marido mientras dormía en la cama, ahora, el león parecía un gato rendido. Ahora
el miedo disfrazado de amor, no la perseguía, y podía ver con claridad, chequearse a sí
misma y observar sensible y lúcidamente como la pantalla de la víctima se diluía, había
caducado, le había robado mucha energía a lo largo de tantos años y ahora, en el abismo de
su vida, había un diálogo entre ella y el amor. Al principio no lo reconoció, era como un
viaje en el sueño, con paisajes nuevos y limpios, un viaje abierto y oculto en su interior. Una
alfombra de naturalidad se extendía a sus pies y le permitía pisar tierra firme con paso
fuerte. Tuvo la certeza de que era paz, de que no estaba dividida ni muerta, sintió tanta
verdad y belleza, que lloró de amor y alegría. El jardín de la vida, le mostraba la
NATURALEZA de la que estaba hecha, de donde venía, y ahora también a dónde iba.
Tocó el reloj, se despertó “Madrid, primavera de 2020”, llovía, fuera hacía frío. Se levantó
temprano, como cada día, pero hoy no hizo el desayuno a su marido. Miró sus ojos en el
espejo, libres y azules, como quién ve por primera vez la posibilidad de un nuevo capítulo
en su vida.
Agradecida, descorrió el velo y empezó a cantar.

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Fecha

Ago 03 2020 - Sep 30 2020
Ongoing...

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